Edward observó con ojos entornados a Bella mientras la acompañaba al Rolls-Royce negro que los estaba esperando frente a la puerta del hospital. No estaba fingiendo la amnesia. A pesar de su incredulidad inicial, Edward ya no tenía dudas. Bella no tenía ni idea de quién era él o de lo que ella había hecho. Y estaba embarazada de él. Eso lo cambiaba todo.
La ayudó a entrar en el coche con delicadeza. Ella no tenía equipaje. Uno de sus hombres había llevado el destrozado Aston Martin al taller mientras el otro se había ocupado del asunto del buzón. Bella llevaba puesto el vestido de seda negra y el bolso negro que había llevado al entierro de su padrastro el día anterior.
El vestido negro se le ceñía a los pechos y a las caderas cuando caminaba. La seda relucía con cada uno de sus movimientos al igual que el oscuro y lustroso cabello, que en aquella ocasión llevaba recogido en una coleta.
No llevaba maquillaje. Eso le daba un aspecto diferente. Talos jamás la había visto sin lápiz de labios, aunque con su delicada piel, gruesos labios y brillantes ojos azules, no lo necesitaba para conseguir que todos los hombres, cualquiera que fuera su edad, se volvieran para mirarla en la calle. Cuando ella se giró y lo miró, sonriendo dulcemente, Edward tuvo que reconocer que distaba mucho de ser inmune a sus encantos.
—¿Adónde vamos? —le preguntó ella—. No me lo has dicho.
—A casa —replicó él mientras la hacía entrar en el coche y cerraba la puerta.
A él, el modo en el que reaccionaba su cuerpo le resultaba irritante… y turbador a la vez. No le gustaba. La odiaba. Cuando la vio por primera vez en el hospital, Bella tenía un aspecto pálido y enfermo que distaba mucho de la vivaz y voluptuosa mujer que él recordaba.
Dormida tenía un aspecto inocente, mucho más joven de los veinticinco años que tenía. Parecía muy menuda. Frágil.
Talos había ido a Londres para destrozar su vida. Llevaba tres meses soñándolo. Sin embargo, ¿cómo podía vengarse de ella si Bella no sólo no recordaba lo que le había hecho sino que, además, estaba embarazada de él?
Apretó los puños y se dirigió hacia el otro lado del coche. Aunque sólo estaban en septiembre, el verano parecía haber abandonado repentinamente la ciudad. En el cielo, había unas nubes bajas y grises y caía una pertinaz lluvia. Se montó a su lado y Bella inmediatamente, se volvió para seguir preguntándole:
—¿Dónde está nuestra casa?
—Mi casa está en… Port ángeles —dijo mientras cerraba la puerta.
—¿ Port ángeles ? —preguntó ella, boquiabierta.
—Allí es donde yo vivo y tengo que cuidarte. Me lo ha ordenado el médico —añadió, con una tensa sonrisa.
—¿Y yo vivo allí contigo?
—No.
—¿No vivimos juntos?
—A ti te gusta viajar —respondió él con ironía.
—Entonces, ¿dónde está mi ropa? ¿Y mi pasaporte?
—Seguramente en la finca de tu padrastro. Mis empleados recogerán tus cosas y se reunirán con nosotros en el aeropuerto.
—Pero… Yo quiero ver mi casa. El hogar de mi infancia. ¿Dónde está?
—La finca de tu padrastro está a las afueras de Olimpia, según creo. Sin embargo, no creo que ir allí de visita te vaya a ayudar. Pasaste allí una noche antes del entierro. Pero hace mucho tiempo que ese lugar no es tu hogar.
—Por favor,Edward. Quiero ver mi casa…
Él frunció el ceño y contempló el suplicante rostro de Bella . Parecía haber cambiado mucho. Su amante de antaño jamás le habría suplicado nada. De hecho, ni siquiera la recordaba pronunciando la palabra «por favor». Excepto…
Excepto la primera noche que se la llevó a su cama, cuando, tras derribar todas sus defensas, Talos descubrió que la mujer más deseada del mundo era, en contra de todo lo esperado, virgen. Mientras la penetraba, ella lo miró con una callada súplica en los ojos y él pensó… casi pensó…
Apartó aquel recuerdo violentamente. No pensaría cómo había sido el pasado con ella. No pensaría en cómo ella había estado a punto de hacerle perder todo, incluso la cabeza.
—Muy bien, te llevaré a tu casa, pero solo para recoger tus cosas. No podemos quedarnos.
El encantador rostro de bella se iluminó. Parecía tener muchos menos años sin maquillaje, muchos menos que los treinta y ocho años que él tenía.
—Gracias.
Otra palabra que jamás le había escuchado antes.
Se reclinó en los suaves asientos de cuero beige del coche mientras el chófer atravesaba la ciudad para dirigirse al norte del país. Observó la lluvia durante un rato y luego cerró los ojos. Se sentía tenso y cansado por el ajetreo de los últimos dos días.
Bella embarazada.
Aún no se lo podía creer. No era de extrañar que ella se hubiera estrellado con el coche. Sólo pensar que iba a perder su figura y que no iba a poder ponerse todos los modelos de diseño que poseía debía de haberla desquiciado. Meses enteros sin poder beber champán, sin trasnochar con todos sus ricos, guapos y superficiales amigos. Bella seguramente debió de sentirse furiosa.
Edward no le confiaría el cuidado de una planta, y mucho menos el de un niño. Ni siquiera parecía tener instinto maternal. No podría querer a un niño. Era la persona menos cariñosa que Edward había conocido nunca.
Lentamente, abrió los ojos. Hacía poco más o menos una hora que sabía lo del niño, pero estaba completamente seguro de una cosa. Tenía que protegerlo.
—Entonces, no vivo en Volterra —dijo ella, de repente. Al mirarla, Edward vio que ella tenía un aspecto triste y abatido—. ¿No tengo casa?
—Vives en hoteles —respondió, fríamente—. Ya te lo he dicho. Viajas constantemente.
—Entonces, ¿cómo consigo tener trabajo?
—No tienes trabajo. Te pasas los días comprando y asistiendo a fiestas por todo el mundo. Eres una heredera. Una mujer bella y famosa.
—Estás bromeando…
—No —dijo él, sin entrar en detalles. No podía explicarle cómo sus disolutos amigos y ella se pasaban el tiempo viajando, bebiéndose todas las bebidas de cada hotel de lujo en el que se alojaban antes de pasar al siguiente. Si lo hubiera hechoBella podría haber notado el desprecio en su voz y cuestionar así la naturaleza de sus verdaderos sentimientos.
¿Cómo era posible que lo hubiera atrapado en sus redes una mujer como ella? ¿Qué locura se había apoderado de él para terminar convirtiéndose en su esclavo? ¿Cómo podía asegurarse de que su hijo jamás se viera descuidado, herido o abandonado por ella después de que recuperara su memoria?
De repente, se le ocurrió un nuevo pensamiento.
Si ella no podía recordarlo a él, si no podía recordar quién era ella ni lo que había hecho, eso significaba que no tenía ni idea de lo que estaba a punto de venírsele encima. No tendría defensa alguna.
Una lenta sonrisa le frunció los labios. Preparó un nuevo plan. Se lo quitaría todo, incluso el hijo que llevaba en las entrañas. Y ella ni siquiera lo vería venir.
—Entonces, vine aquí para el entierro de mi padrastro —dijo ella suavemente—, pero no Italiana
—Tu madre lo era, según creo. Las dos regresaron Volterra hace algunos años.
—¡Mi madre! —exclamó ella más contenta.
—Murió —le informó él secamente. Entonces, recordó que se suponía que él estaba enamorado de ella. Tenía que hacérselo creer si quería que su plan tuviera éxito—. Lo siento mucho,Bella, pero, por lo que yo sé, no tienes familia.
—Oh…
La tomó entre sus brazos y la estrechó con fuerza contra su pecho.
Le dio un beso en la parte superior de la cabeza. A pesar de su estancia en el hospital, el cabello le olía a vainilla y azúcar, los aromas que siempre asociaría con ella. El olor hizo que el cuerpo se le tensara inmediatamente de deseo.
No entendía por qué no podía dejar de desearla después de todo lo que ella le había hecho. Había estado a punto de arruinarlo, ¿cómo era posible que su cuerpo aún siguiera anhelando su contacto? ¿Acaso era un hombre sin honor ni orgullo? Claro que los tenía, pero el modo como ella tenía de actuar, incluso comportándose de un modo tan inocente, lo atraía como si fuera una llama. Recordó la fiera pasión que ardía dentro de ella y que él era el único hombre que la había saboreado…
«¡No!». No pensaría en ella en la cama. No la desearía. Demostraría que tenía control sobre su cuerpo.
Bella agarró con fuerza la manga de Talos y apretó el rostro contra la impoluta camisa.
—No tengo a nadie —susurró—. Ni padres. Ni hermanos. A nadie.
Edward la miró y le hizo levantar la barbilla para poder ver cómo las lágrimas llenaban aquellos maravillosos ojos azul violeta.
—Me tienes a mí.
Bella tragó saliva y examinó el rostro de Talos como si estuviera tratando de encontrar sentimientos detrás de la expresión de su rostro.
Él trató de reflejar preocupación y admiración, amor por ella, sin sentir realmente nada de ello.
Bella suspiró. Entonces, una suave sonrisa se le dibujó en los labios.
—Y a nuestro hijo —dijo.
Edward asintió. Efectivamente, su hijo era la razón por la que tenía que asegurarse que el control que ejercía sobre Bella fuera absoluto. La razón por la que tenía que conseguir que creyera que sentía algo hacia ella.
No era diferente de lo que, en una ocasión, ella le había hecho a él.
Conseguiría que creyera que podía confiar en él. Haría que aceptara casarse con él. Y entonces…
En el momento en el que estuvieran casados, la finalidad de su vida sería conseguir que ella recordara la verdad. Estaría a su lado cuando Bella por fin rememorara todo. Contemplaría cómo la sorpresa se apoderaba de su rostro. Entonces, la aplastaría. La venganza consiguió alegrar su corazón.
«No se trata de venganza, sino de justicia», se dijo.
Se inclinó hacia delante y la estrechó con fuerza en el asiento trasero del Rolls-Royce.
— Bella —dijo, enmarcándole el rostro entre las manos—. Quiero que te cases conmigo.
¿Casarse con él?
«Sí», pensó Bella mientras observaba extasiada el hermoso rostro de Edward. Al sentir cómo las fuertes manos de él acariciaban la suavidad de su piel, experimentó una calidez que le llegó hasta los senos y más allá.
¿Cómo podía ser un hombre tan masculino, tan guapo y tan poderoso al mismo tiempo? Edward representaba todo lo que su vacía y asustada alma podía desear. Él la protegería. La amaría. Haría que su vida fuera completa.
«Sí, sí, sí».
Sin embargo, cuando estaba a punto de pronunciar las palabras, algo se lo impidió. Algo que no podía comprender le hizo apartar el rostro de las caricias de Edward.
—¿Casarme contigo? —preguntó mirándolo a los ojos. Sintió que los latidos del corazón se le aceleraban—. Si ni siquiera te conozco.
Edward parpadeó. Bella comprobó que él estaba sorprendido. Entonces, frunció el ceño.
—Me conociste lo suficientemente bien como para concebir a mi hijo.
Bella tragó saliva.
—Pero no me acuerdo de ti. No sería justo casarme contigo. No estaría bien.
—Yo me crié sin padre. No tengo intención de que mi hijo tenga que soportar eso. Daré un apellido a nuestro hijo. No puedes negármelo.
¿Negárselo? ¿Cómo podía una mujer negarle algo a Edward Cullen?
«Sin embargo, no me parece bien».
Respiró profundamente y apartó la mirada. Miró por la ventanilla y comprobó que habían dejado atrás las afueras de Londres para adentrarse en la dulce y verde campiña.
— Bella …
Miró a Talos. Era tan guapo y tan poderoso… Su gesto indicaba que estaba claramente decidido a salirse con la suya, pero algo en su interior la obligaba a resistirse.
—Gracias por pedirme que me case contigo —dijo ella—. Es muy amable por tu parte, pero aún faltan meses para que nazca mi niño…
—Nuestro niño.
—Y yo no puedo convertirme en tu esposa cuando ni siquiera me acuerdo de ti.
—Ya veremos.
El silencio se apoderó de ellos durante lo que restaba de viaje. Por fin, el coche se apartó de la carretera y tomó un sendero Bella vio por fin una mansión situada en la base de las colinas, cuya silueta se reflejaba en un amplio lago.
—¿Es ésa la casa de mi padrastro?
—Sí.
El coche fue avanzando por los jardines de la casa hasta que, por fin, se detuvo en la entrada. Bella contuvo el aliento y estiró el cuello para poder verla bien. No se creía lo que veía.
—¿Y yo he vivido aquí?
—Sí. Y ahora es tuya, junto con una gran fortuna.
—¿Y cómo lo sabes tú?
—Tú te enteraste ayer, cuando asististe a la lectura del testamento.
—¿Pero cómo lo sabes tú? —insistió ella.
—Me aseguraré de que recibes una copia del testamento. Vamos —dijo, invitándola a entrar en la casa. En el interior, cinco sirvientes esperaban en el vestíbulo, acompañados por la que debía de ser el ama de llaves.
—Oh, señorita Isabella… —susurró la mujer sollozando sobre el delantal—. Su padrastro la quería mucho. ¡Se alegraría tanto de ver que por fin regresa usted a casa!
¿Casa? Pero si no era su casa. Aparentemente, llevaba años sin poner el pie en aquella casa.
—Era un buen hombre, ¿verdad? —preguntó. Decidió cambiar de tema al ver el rostro entristecido del ama de llaves.
—Sí que lo era, señorita. El mejor. Y la quería a usted como si fuera hija suya de verdad, aunque en realidad no lo fuera. Y, además, estadounidense. Se alegraría tanto de ver que por fin ha regresado después de tanto tiempo…
—¿Tanto ha sido?
—Seis o siete años. El señorVulturi siempre la invitaba a que viniera por Navidad, pero usted…
El ama de llaves interrumpió de nuevo sus palabras y volvió a secarse una vez más las lágrimas con el delantal.
—Pero nunca lo hice, ¿verdad?
La anciana negó tristemente con la cabeza.
Bella tragó saliva. Aparentemente, había aceptado el dinero de su padrastro y había dejado que él pagara sus facturas mientras ella se divertía por todo el mundo, pero ni siquiera había tenido la amabilidad suficiente como para volver a visitarlo.
Y había muerto.
—Lo siento —susurró.
—Deje que la acompañe a su habitación. La encontrará exactamente igual que la dejó la última vez que estuvo aquí.
Poco después, en la oscuridad de su dormitorio, seguida siempre por Edward, Bella apartó las cortinas y, al volverse a ver su dormitorio, ahogó un grito de desolación. Todo era rojo y negro. Moderno. Sexy. De mal gusto.
Siempre observada por Talos, examinó el dormitorio, tratando desesperadamente de encontrar algo que le dijera lo que necesitaba saber. Abrió las puertas del armario y deslizó las manos por las prendas que colgaban de las perchas. La ropa era como la habitación. Ropa apropiada para una mujer que deseaba la atención de los demás y sabía cómo mantenerla.
Se echó a temblar.
Abrió más puertas y tocó cada artículo ligeramente con las manos.
Zapatos de tacón de aguja. Un bolso de Gucci. Una maleta de Louis Vuitton. Encontró su pasaporte y lo hojeó, buscando respuestas que no encontró. Zanzíbar, Bombay, Ciudad del Cabo…
—Veo que no bromeabas —dijo—. Viajo constantemente. En especial durante los últimos tres meses.
—Sí, lo se…
Bella echó el pasaporte en la maleta junto a algunas de aquellas seductoras prendas y zapatos que le resultaban completamente ajenos, como si pertenecieran a otra persona. Se apoyó contra la cama y miró a su alrededor.
—Aquí no hay nada.
—Te lo dije.
Con desolación, recorrió la librería con la mirada. Tenía revistas de moda, de hacía muchos años, y unos cuantos volúmenes sobre etiqueta y encanto personal. Encima de éstos, había otro libro cuyo título la hundió por completo Cómo atrapara un hombre.
—Nunca has tenido problema con eso —comentó él.
Bella sintió que el corazón estaba a punto de rompérsele al ver que Edward era capaz de hacer bromas. Agarró el libro y se lo lanzó a él.
Talos lo atrapó sin dudar.
—Mira, Bella . No importa…
—Claro que importa. ¡Todas estas cosas me dicen quién soy! —exclamó, señalando el armario—. Acabo de descubrir que era la clase de chica a la que sólo le preocupaban las apariencias, que no le hacía ni caso a un padrastro que la adoraba y que jamás se preocupaba por regresar a casa en Navidad —añadió, con los ojos llenos de lágrimas—. Además, dejé que muriera solo. ¿Cómo puedo haber sido tan cruel?
Llena de desolación, tomó una polvorienta fotografía. En ella, se veía a un hombre guiñando el ojo con descaro, una hermosa mujer de cabello Rubio que reía de alegría y, entre ambos, una niña regordeta que sonreía a la cámara.
Bella miró a los adultos que aparecían en la fotografía durante un largo tiempo, pero no pudo recordar nada. Tenían que ser sus padres, pero no se acordaba de ellos. ¿Sería cierto que no tenía alma?
—¿Qué has encontrado?
—Nada. No me ayuda —respondió ella, arrojando la fotografía sobre la cama. Entonces, se cubrió el rostro con las manos—. No me acuerdo de ellos. ¡No puedo!
Talos cruzó la habitación y la agarró por los hombros.
—Yo apenas conocí a mis padres, pero eso no me ha hecho daño.
—No es sólo el pasado —susurró ella—. ¿Por qué ibas tú a querer estar con una persona como yo, sin personalidad alguna y sin corazón?
Talos no respondió.
—Ahora, es demasiado tarde —añadió—. He perdido a mi único familiar. No tengo hogar.
—Tu hogar es el mío.
Bella lo miró, sin saber si podía creerlo.
—Deja que te lo demuestre —añadió, acariciándole lentamente los brazos.
Ella se enfrentó al impulso de acercarse a él, de apretarse contra su pecho. Sacudió la cabeza y respiró profundamente.
—No puedo.
—¿Por qué?
—¡No quiero que te cases conmigo por pena!
Edward la envolvió lentamente con los brazos, deslizando las manos sobre la seda del vestido y dejando que ésta le acariciara deliciosamente el cuerpo.
—Te aseguro que lo último que siento por ti es pena.
Bella cerró los ojos y, muy a su pesar, se inclinó hacia delante.
Ansiaba sentir más caricias. Quería notar su calor, su tacto… Edward la abrazó más estrechamente. Ella aspiró el aroma que emanaba del cuerpo de él y la calidez que se desprendía de sus ropas.
—Vente conmigo —susurró—. Vente conmigo a port ángeles y conviértete en mi esposa.
Bella sintió la dureza del cuerpo de Edward contra el suyo. Era mucho más alto que ella, más poderoso. Le acarició suavemente las caderas, recorriéndole la espalda mientras los senos de Bella se aplastaban contra su pecho.
Ella tragó saliva y se echó a temblar.
—No puedo marcharme así. Necesito recuperar la memoria, Edward. No puedo dejarme llevar sin saber quién soy. No me puedo casar con un desconocido, aunque tú seas el padre de mi hijo…
—En ese caso, te llevaré al lugar en el que nos conocimos. Al lugar en el que empezó todo —susurró él sin dejar de mirarle los labios—. Te mostraré el lugar en el que te besé por primera vez.
—¿Y cuál es?
—Venecia…
—Venecia —repitió ella. Sabía que debía negarse. Sabía que debía quedarse en Volterra y consultar al especialista que el doctor Black le había recomendado, pero no pudo pronunciar ni una palabra.
Permaneció atrapada en sus sueños románticos. Atrapada en él.
Edward levantó una mano para acariciarle suavemente el labio inferior con el pulgar.
—Ven a Venecia —dijo—. Te lo enseñaré todo —añadió mientras le enmarcaba el rostro con las manos—. Y luego, te casarás conmigo.
espero que les haya gustado el cap
pasen y dejen sus reviews
sábado, 30 de octubre de 2010
viernes, 29 de octubre de 2010
Capitulo uno
Edward Cullen había escuchado muchas mentiras a lo largo de su vida, en particular sobre su hermosa y cruel ex amante, pero aquélla se llevaba la palma.
—No puede ser verdad —dijo escandalizado mientras observaba al médico—. Está mintiendo.
—Señor Cullen, le aseguro que es cierto —replicó con voz grave el doctor Black —. Ella tiene amnesia. No se acuerda de usted, ni de mí ni siquiera del accidente que tuvo ayer. Sin embargo, no tiene ninguna lesión física.
—¡Por qué está mintiendo!
—Llevaba puesto el cinturón de seguridad cuando se golpeó la cabeza con el airbag —prosiguió el doctor Black —. No hay conmoción cerebral.
Edward observaba al doctor Black con el ceño fruncido. El médico tenía una gran reputación en su profesión, en la que se le consideraba un hombre muy cualificado y con una integridad sin tacha. Era rico, dado que llevaba toda la vida atendiendo a pacientes aristocráticos y de grandes fortunas, lo que significaba que no podía comprársele. Hombre de familia, llevaba casado cincuenta años con su esposa, tenía tres hijos y ocho nietos, lo que significaba que no podía ser víctima de la seducción. Por lo tanto, debía de estar plenamente convencido de que Bella vulturi tenía amnesia.
Edward frunció los labios. Dada su astucia, habría esperado más de ella. Once semanas atrás, después de apuñalarlo por la espalda, Bella vulturi había desaparecido de Seattle como por arte de magia. Sus hombres habían estado buscando por todo el mundo sin éxito alguno hasta hacía dos días, cuando, de repente, Bella había reaparecido en Londres para el entierro de su padrastro.
Edward había abandonado las negociaciones de un contrato millonario en Sidney para ordenarles a sus hombres que no le perdieran el rastro hasta que él llegara a Londres en su avión privado. McCarty y Witlock le habían ido pisándole los talones el día anterior por la tarde, cuando ella había abandonado una clínica privada en Harley Street. Habían visto cómo se cubría el sedoso y largo cabello oscuro bajo un fular de seda, cómo se ponía unas enormes gafas de sol y unos guantes blancos para conducir y se marchaba en un Aston Martin descapotable de color plateado… para terminar chocándose contra un buzón de correos que había en la acera.
—Fue tan raro, jefe —le había explicado McCarty cuando Edward llegó aquella misma mañana procedente de Sidney—. En el entierro parecía bien, pero al marcharse de la consulta del médico comenzó a conducir como si fuera bebida. Ni siquiera nos reconoció cuando la ayudamos a entrar de nuevo en la clínica después del accidente.
El doctor Black parecía igualmente desconcertado.
—La he tenido en observación, pero no he podido descubrir ningún daño físico en ella.
—Porque no tiene amnesia, doctor —le dijo Edward, apretando los dientes—. ¡Le está tomando el pelo!
El doctor se puso tenso.
—No creo que la señorita Vulturi esté mintiendo, señor Cullen . La conozco desde que tenía catorce años, cuando vino aquí por primera vez de Londres con su madre. Todas las pruebas han dado negativas. El único síntoma parece ser la amnesia. Esto me lleva a pensar que el accidente ha sido simplemente un catalizador y que el trauma ha sido simplemente emocional.
—¿Quiere decir que se lo causó ella misma?
—Yo no diría eso exactamente, pero este tema queda fuera de mi campo. Por eso, le he recomendado a un colega, el doctor Green.
—Un psiquiatra.
—Sí.
—En ese caso, si no le ocurre nada físicamente, se puede marchar del hospital.
El médico dudó.
—Físicamente se encuentra bien, pero como no tiene memoria, tal vez sería mejor que un familiar…
—No tiene familia —le interrumpió —. Edward su padrastro era su único pariente y murió hace tres días.
—Sí, me enteré del fallecimiento del señor Vulturi y sentí mucho su muerte, pero esperaba que Bella pudiera tener tíos o incluso algún primo en Boston…
—No es así —dijo Edward, aunque en realidad no tenía ni idea. Sólo sabía que nada le iba a impedir llevarse a Bella con él—. Yo soy su…
¿Qué? ¿Un antiguo amante decidido a vengarse de ella?
—…novio —terminó—. Me ocuparé de ella.
—Eso fue lo que me dijeron sus hombres ayer cuando me explicaron que venía usted de camino —comentó el doctor Black mirándolo como si no le gustara del todo lo que veía—, pero, por cómo habla usted, no parece que crea siquiera que ella necesita cuidados especiales.
—Si usted dice que ella tiene amnesia, no me queda más remedio que creerlo.
—La ha llamado mentirosa.
Edward sonrió.
—Las verdades a medias son parte de su encanto.
—Entonces, ¿tienen ustedes una relación estrecha? ¿Piensa casarse con ella?
Edward sabía cuál era la respuesta que el médico estaba buscando, la única que podía dejar a Bella en su poder. Por lo tanto, dijo la verdad.
—Ella lo es todo para mí. Todo.
El doctor Black examinó cuidadosamente la expresión del rostro de Talos y asintió.
—Muy bien, señor Cullen. Le daré el alta y la dejaré a su cuidado. Cuídela bien. Llévela a casa.
¿A Forks? Edward moriría antes de que ella pudiera contaminar su hogar de aquella manera, pero a Atenas… Sí. Podría encerrarla allí y le haría lamentar profundamente el hecho de haberlo traicionado.
—¿Podré llevármela hoy mismo, doctor?
—Sí. Haga que se sienta amada —le advirtió—. Que se sienta segura y querida.
—Segura y querida —repitió él, casi sin poder evitar que se le reflejara un gesto de burla en el rostro.
El doctor Black frunció el ceño.
—Estoy seguro de que podrá comprender, señor Cullen , lo que las últimas veinticuatro horas han significado para . No Bella tiene nada a lo que aferrarse. Carece de recuerdos de familiares o amigos para apoyarse. No tiene sentimiento alguno de pertenencia ni recuerdos de su hogar. Ni siquiera sabía su nombre hasta que yo se lo dije.
—No se preocupe. Cuidaré bien de ella.
Entonces, cuando Talos había comenzado a darse la vuelta, el doctor le hizo detenerse.
—Hay algo más que debería saber.
—¿El qué?
—En circunstancias normales, jamás revelaría esta clase de información, pero éste es un caso único. Creo que la necesidad de que la paciente reciba cuidados adecuados excede su derecho a la intimidad.
—¿De qué se trata? —preguntó Talos con impaciencia.
—Bella está embarazada.
Al escuchar esa palabra, Edward se puso tenso. Sintió que el corazón se le paraba literalmente en el pecho.
—¿Embarazada? ¿De cuánto? —preguntó a duras penas.
—Cuando realicé la ecografía ayer, estimé la fecha de concepción a mediados de junio.
Junio. Edward se había pasado casi todo ese mes al lado de Bella. Había estado pendiente de su trabajo lo mínimo posible dado que solo quería estar en la cama con ella. Había pensado que podía confiar en ella. El deseo se había apoderado por completo de su mente y de su pensamiento.
—Me siento culpable —continuó el médico con voz entristecida—. Si hubiera sabido lo disgustada que se iba a poner con la noticia de su embarazo, jamás la habría dejado marcharse en coche del hospital, pero no se preocupe —añadió rápidamente—, el bebé se encuentra bien.
Su bebé.
Edward miró al doctor casi sin poder respirar. El médico, de repente, soltó una sonora y alegre carcajada y le dio una palmada en la espalda.
—Enhorabuena, señor Cullen. Va usted a ser padre.
A su alrededor, Bella comenzó a oír un suave murmullo de voces.
Sintió que alguien, tal vez la enfermera, le pasaba un trapo fresco por la frente. Olía el suave aroma de la lluvia y del algodón de las sábanas que la cubrían, pero mantuvo los ojos cerrados.
No quería despertarse. No quería abandonar la oscura paz del sueño, la calidez que le proporcionaban sueños que apenas recordaba y que aún la acunaban entre sus brazos. No quería regresar al vacío de una existencia de la que no tenía recuerdo alguno. No había identidad. Nada a lo que aferrarse. Aquel vacío era mucho peor que cualquier dolor.
Tres horas atrás, el médico le había dicho que estaba embarazada.
No podía recordar el hecho de haber concebido aquel hijo. Ni siquiera recordaba el rostro del padre de su hijo, aunque lo conocería aquel mismo día. Él llegaría en cualquier instante.
Se cubrió la cabeza con la almohada y apretó los ojos con fuerza. Se sentía atenazada por los nervios y el temor de encontrarse con él por primera vez, con el padre de su hijo.
¿Qué clase de hombre sería?
Oyó que la puerta se cerraba y se abría. Contuvo el aliento.
Entonces, alguien se sentó sobre la cama a su lado, haciendo que se inclinara hacia él sobre el colchón. Unos fuertes brazos la rodearon de repente. Sintió la calidez del cuerpo de un hombre y aspiró el masculino aroma de su colonia.
—Bella estoy aquí —susurró una voz profunda y baja, con un exótico acento que no era capaz de identificar—. He venido a buscarte…
Una profunda excitación la recorrió de la cabeza a los pies. Respiró profundamente y apartó la almohada. Él estaba tan cerca de ella, que lo primero que vio fueron sus pómulos marcados. La oscura barba que había empezado a nacerle en la fuerte mandíbula. El color Pálido de su piel. Entonces, cuando él se apartó de su lado, vio su rostro entero.
Era, sencillamente, arrebatador.
¿Cómo era posible que un hombre fuera a la vez tan masculino y tan hermoso? Su cabello negro le rozaba suavemente la piel. Tenía el rostro de un ángel. De un guerrero. La recta nariz se le había roto, al menos, en una ocasión, a juzgar por la pequeña imperfección de su perfil.
Tenía una boca de labios carnosos y sensuales, con un gesto que revelaba una cierta arrogancia y, tal vez… crueldad.
Los ojos que la contemplaban eran tan verdes como un par de esmeraldas. Bajo aquellas verdes profundidades, le pareció ver durante un instante el fuego del odio, como si deseara que ella estuviera muerta.
Entonces, Bella parpadeó y, de repente, vio que él le sonreía con un tierno gesto de preocupación. Debía de haberse imaginado ese sentimiento tan desagradable. No era de extrañar, teniendo en cuenta lo desconcertada que se encontraba desde el accidente, un accidente que ni siquiera era capaz de recordar.
— Bella —susurró él mientras le acariciaba suavemente la mejilla—, pensé que no te iba a encontrar nunca.
El roce de sus dedos le prendía fuego a la piel. Se sentía ardiendo desde el rostro hasta los senos. Los pezones se le irguieron al tiempo que el vientre se le tensaba de un modo extraño. Respiró profundamente y examinó su rostro. Casi no podía creer lo que veían sus ojos.
¿Aquel… aquel hombre era su amante? No se parecía nada a lo que ella hubiera esperado.
Cuando el doctor Black le dijo que su novio estaba de camino de Australia, se había imaginado un hombre de aspecto amable, cariñoso y con sentido del humor. Un hombre sencillo, con el que pudiera compartir sus problemas mientras fregaban los platos juntos al final de un largo día. Se había imaginado una pareja. Un igual.
Nunca se habría imaginado un dios griego como el que tenía ante sus ojos, de hermosura cruel, masculino y tan poderoso que, sin duda, podría partirle el corazón en dos con tan sólo una mirada.
—¿Es que no te alegras de verme?—le preguntó él en voz baja.
Ella le miró el rostro y contuvo el aliento. No tenía ningún recuerdo de aquel hombre, ni de la dureza de sus rasgos ni de aquellos labios tan sensuales. No tenía recuerdo alguno de las intimidades propias de los amantes. ¡Nada!
Él la ayudó a levantarse Bella se lamió los labios nerviosamente.
—Tú eres… Tú debes de ser… EDWARD CULLEN… —susurró, esperando que él lo negara. Esperando que su novio de verdad, el del aspecto tierno y amable, entrara en aquel momento por la puerta.
—Veo que me reconoces…
—No. Dos de tus empleados… y el médico… me dijeron tu nombre. Me dijeron que venías de camino.
Él la miró, escrutándole el rostro.
—El doctor Black me dijo que tienes amnesia. No me lo creí, pero es cierto, ¿verdad? No te acuerdas de mí.
—Lo siento —dijo ella, frotándose la frente—. No hago más que intentarlo, pero lo primero que recuerdo es a tu empleado, McCarty, sacándome de mi coche. ¡Menos mal que iba en su coche detrás de mí!
—Sí, fue una suerte —dijo él—. Te van a dar el alta hoy mismo.
—¿Hoy? —Ahora mismo.
—Pero… ¡pero si sigo sin recordar nada! Esperaba que cuando te viera…
—¿Esperabas que el hecho de verme te devolviera la memoria?
Bella asintió. No había razón para sentirse desilusionada o hacer que él se sintiera peor aún de lo que ya debía sentirse. Sin embargo, no pudo evitar el nudo que se le hizo en la garganta. Efectivamente, había contado con el hecho de que, cuando viera el rostro del hombre al que amaba, el hombre que la amaba a ella, su amnesia terminaría.
A menos que no se amaran. A menos que se hubiera quedado embarazada de un hombre que era poco más que una aventura de una noche.
—Estoy segura de que debes de sentirte tan herido… —dijo ella, tratando de apartar el repentino temor que se apoderó de ella—. Me imagino cómo te debes de sentir al amar a alguien que ni siquiera se acuerda de ti.
«¿Me amas?», pensó desesperadamente, tratando de leer su rostro.
«¿Te amo yo a ti?».
—Shh, no importa —susurró él. Bajó la cabeza y la besó tiernamente en la frente. La calidez de su cercanía resultaba tan agradable como el sol de verano en un día de otoño—. No te preocupes, . Bella Con el tiempo, lo recordarás todo…
Al mirarlo de nuevo al rostro, Bella se dio cuenta de que la primera impresión que había tenido de él había sido completamente errónea. No era un hombre cruel. Era amable. ¿Cómo si no se podía explicar el hecho de que se mostrara tan paciente y tan cariñoso con ella a pesar del dolor que debía de estar experimentando?
Respiró profundamente. Sería tan valiente como él lo era. Apartó las sábanas.
—Me vestiré para que podamos marcharnos.
—Espera un momento. Hay algo de lo que debemos hablar.
Bella supo inmediatamente a qué se refería. Se sentía tan vulnerable tan sólo con el camisón del hospital que volvió a cubrirse con las sábanas.
—Te lo ha dicho, ¿verdad?
—Sí.
—¿Estás contento con la noticia? —preguntó, con voz temblorosa.
Bella contuvo el aliento al ver cómo él la miraba. Cuando por fin habló, tenía la voz cargada con una emoción que ella no supo reconocer.
—Me sorprendió.
—Entonces, ¿el bebé no fue algo que planeáramos?
Él se retorció las manos y la miró.
—Nunca antes te había visto así —musitó, acariciándole el rostro con una ardiente mirada—. Sin maquillaje, sin arreglar…
—Estoy segura de que tengo un aspecto terrible…
Sin embargo, él la estrechó entre sus brazos y la miró, haciéndola temblar de nuevo.
—¿Estás contento por lo del bebé?
—Voy a cuidarte muy bien.
¿Por qué no respondía?
—No tienes por qué preocuparte. No soy una inválida. Espero que la amnesia desaparezca dentro de un par de días. El doctor Black me ha hablado de un especialista…
—No necesitas otro médico —afirmó él—. Sólo tienes que venir a casa conmigo.
La estrechó con fuerza contra su pecho. Se Bella intió tan segura, tan amada, que, por primera vez desde el accidente, creyó que había encontrado su lugar en el mundo. Al lado de él.
Talos le besó suavemente el cabello. Ella sintió la caricia de su aliento y se echó a temblar.
¿La amaba?
Le acarició suavemente la mandíbula. Notó la barba que había visto anteriormente. Su ropa estaba impecablemente planchada, lo que sugería que se había cambiado de ropa sin molestarse en afeitarse.
Había acudido corriendo desde Australia. Se había pasado toda la noche en un avión.
¿Significaba eso amor?
—¿Por qué no viniste para asistir al funeral de mi padrastro?
—Estaba ocupado en Sidney adquiriendo una nueva empresa. Créeme. Nunca habría querido estar lejos de ti tanto tiempo.
Bella sentía que había algo que él no le había dicho. ¿O acaso era consecuencia de su propia confusión? No podía estar segura.
—Pero, ¿por qué…?
—Eres tan hermosa, Bella . Temí que jamás volvería a verte…
—¿Te refieres a lo del accidente? ¿Estabas preocupado por mí? ¿Por qué nos amamos?
Él apretó la mandíbula.
—Eras virgen cuando te seduje, Bella. Nunca antes habías estado con un hombre antes de que yo te llevara a mi cama hace tres meses.
Bella se sintió aliviada. Descubrir que estaba embarazada había sido un shock. Se había preguntado por qué no estaba casada. Pero si Talos había sido su único amante, si era virgen a la edad de veinticinco años, eso decía algo sobre su personalidad.
A pesar de todo, seguía sin estar segura de si había amor entre ellos.
Sentía que había algo que él no le decía. Algo oculto bajo sus palabras.
Sin embargo, antes de que pudiera comprender lo que su intuición le estaba diciendo. Talos le agarró las manos y tiró de ella.
—Prepárate para marcharte —dijo él. Volvió a besarla en la sien y le acarició los brazos desnudos—. Quiero llevarte a casa.
Al sentir aquella caricia, la respiración se le aceleró. Una oleada de sensaciones le recorrió todo el cuerpo, despertando de nuevo su sensualidad. Trató de recordar qué era lo que le preocupaba, pero le resultó imposible.
—Está bien —susurró ella.
Con un gesto muy galante, él la ayudó a levantarse de la cama.
Entonces, Bella pudo comprobar que era mucho más alto que ella, mucho más poderoso. Además de alto, era musculoso. Al mirarlo, a Bella se le olvidó todo a excepción de su propio anhelo, el deseo y la fascinación que sentía por el misterioso ángel que estaba a su lado.
—Siento haber tardado tanto en llegar a tu lado, Bella, pero ya estoy aquí —dijo. Le besó la cabeza suavemente, estrechándola de nuevo con fuerza entre sus brazos—. Te aseguro que nunca te voy a dejar escapar.
—No puede ser verdad —dijo escandalizado mientras observaba al médico—. Está mintiendo.
—Señor Cullen, le aseguro que es cierto —replicó con voz grave el doctor Black —. Ella tiene amnesia. No se acuerda de usted, ni de mí ni siquiera del accidente que tuvo ayer. Sin embargo, no tiene ninguna lesión física.
—¡Por qué está mintiendo!
—Llevaba puesto el cinturón de seguridad cuando se golpeó la cabeza con el airbag —prosiguió el doctor Black —. No hay conmoción cerebral.
Edward observaba al doctor Black con el ceño fruncido. El médico tenía una gran reputación en su profesión, en la que se le consideraba un hombre muy cualificado y con una integridad sin tacha. Era rico, dado que llevaba toda la vida atendiendo a pacientes aristocráticos y de grandes fortunas, lo que significaba que no podía comprársele. Hombre de familia, llevaba casado cincuenta años con su esposa, tenía tres hijos y ocho nietos, lo que significaba que no podía ser víctima de la seducción. Por lo tanto, debía de estar plenamente convencido de que Bella vulturi tenía amnesia.
Edward frunció los labios. Dada su astucia, habría esperado más de ella. Once semanas atrás, después de apuñalarlo por la espalda, Bella vulturi había desaparecido de Seattle como por arte de magia. Sus hombres habían estado buscando por todo el mundo sin éxito alguno hasta hacía dos días, cuando, de repente, Bella había reaparecido en Londres para el entierro de su padrastro.
Edward había abandonado las negociaciones de un contrato millonario en Sidney para ordenarles a sus hombres que no le perdieran el rastro hasta que él llegara a Londres en su avión privado. McCarty y Witlock le habían ido pisándole los talones el día anterior por la tarde, cuando ella había abandonado una clínica privada en Harley Street. Habían visto cómo se cubría el sedoso y largo cabello oscuro bajo un fular de seda, cómo se ponía unas enormes gafas de sol y unos guantes blancos para conducir y se marchaba en un Aston Martin descapotable de color plateado… para terminar chocándose contra un buzón de correos que había en la acera.
—Fue tan raro, jefe —le había explicado McCarty cuando Edward llegó aquella misma mañana procedente de Sidney—. En el entierro parecía bien, pero al marcharse de la consulta del médico comenzó a conducir como si fuera bebida. Ni siquiera nos reconoció cuando la ayudamos a entrar de nuevo en la clínica después del accidente.
El doctor Black parecía igualmente desconcertado.
—La he tenido en observación, pero no he podido descubrir ningún daño físico en ella.
—Porque no tiene amnesia, doctor —le dijo Edward, apretando los dientes—. ¡Le está tomando el pelo!
El doctor se puso tenso.
—No creo que la señorita Vulturi esté mintiendo, señor Cullen . La conozco desde que tenía catorce años, cuando vino aquí por primera vez de Londres con su madre. Todas las pruebas han dado negativas. El único síntoma parece ser la amnesia. Esto me lleva a pensar que el accidente ha sido simplemente un catalizador y que el trauma ha sido simplemente emocional.
—¿Quiere decir que se lo causó ella misma?
—Yo no diría eso exactamente, pero este tema queda fuera de mi campo. Por eso, le he recomendado a un colega, el doctor Green.
—Un psiquiatra.
—Sí.
—En ese caso, si no le ocurre nada físicamente, se puede marchar del hospital.
El médico dudó.
—Físicamente se encuentra bien, pero como no tiene memoria, tal vez sería mejor que un familiar…
—No tiene familia —le interrumpió —. Edward su padrastro era su único pariente y murió hace tres días.
—Sí, me enteré del fallecimiento del señor Vulturi y sentí mucho su muerte, pero esperaba que Bella pudiera tener tíos o incluso algún primo en Boston…
—No es así —dijo Edward, aunque en realidad no tenía ni idea. Sólo sabía que nada le iba a impedir llevarse a Bella con él—. Yo soy su…
¿Qué? ¿Un antiguo amante decidido a vengarse de ella?
—…novio —terminó—. Me ocuparé de ella.
—Eso fue lo que me dijeron sus hombres ayer cuando me explicaron que venía usted de camino —comentó el doctor Black mirándolo como si no le gustara del todo lo que veía—, pero, por cómo habla usted, no parece que crea siquiera que ella necesita cuidados especiales.
—Si usted dice que ella tiene amnesia, no me queda más remedio que creerlo.
—La ha llamado mentirosa.
Edward sonrió.
—Las verdades a medias son parte de su encanto.
—Entonces, ¿tienen ustedes una relación estrecha? ¿Piensa casarse con ella?
Edward sabía cuál era la respuesta que el médico estaba buscando, la única que podía dejar a Bella en su poder. Por lo tanto, dijo la verdad.
—Ella lo es todo para mí. Todo.
El doctor Black examinó cuidadosamente la expresión del rostro de Talos y asintió.
—Muy bien, señor Cullen. Le daré el alta y la dejaré a su cuidado. Cuídela bien. Llévela a casa.
¿A Forks? Edward moriría antes de que ella pudiera contaminar su hogar de aquella manera, pero a Atenas… Sí. Podría encerrarla allí y le haría lamentar profundamente el hecho de haberlo traicionado.
—¿Podré llevármela hoy mismo, doctor?
—Sí. Haga que se sienta amada —le advirtió—. Que se sienta segura y querida.
—Segura y querida —repitió él, casi sin poder evitar que se le reflejara un gesto de burla en el rostro.
El doctor Black frunció el ceño.
—Estoy seguro de que podrá comprender, señor Cullen , lo que las últimas veinticuatro horas han significado para . No Bella tiene nada a lo que aferrarse. Carece de recuerdos de familiares o amigos para apoyarse. No tiene sentimiento alguno de pertenencia ni recuerdos de su hogar. Ni siquiera sabía su nombre hasta que yo se lo dije.
—No se preocupe. Cuidaré bien de ella.
Entonces, cuando Talos había comenzado a darse la vuelta, el doctor le hizo detenerse.
—Hay algo más que debería saber.
—¿El qué?
—En circunstancias normales, jamás revelaría esta clase de información, pero éste es un caso único. Creo que la necesidad de que la paciente reciba cuidados adecuados excede su derecho a la intimidad.
—¿De qué se trata? —preguntó Talos con impaciencia.
—Bella está embarazada.
Al escuchar esa palabra, Edward se puso tenso. Sintió que el corazón se le paraba literalmente en el pecho.
—¿Embarazada? ¿De cuánto? —preguntó a duras penas.
—Cuando realicé la ecografía ayer, estimé la fecha de concepción a mediados de junio.
Junio. Edward se había pasado casi todo ese mes al lado de Bella. Había estado pendiente de su trabajo lo mínimo posible dado que solo quería estar en la cama con ella. Había pensado que podía confiar en ella. El deseo se había apoderado por completo de su mente y de su pensamiento.
—Me siento culpable —continuó el médico con voz entristecida—. Si hubiera sabido lo disgustada que se iba a poner con la noticia de su embarazo, jamás la habría dejado marcharse en coche del hospital, pero no se preocupe —añadió rápidamente—, el bebé se encuentra bien.
Su bebé.
Edward miró al doctor casi sin poder respirar. El médico, de repente, soltó una sonora y alegre carcajada y le dio una palmada en la espalda.
—Enhorabuena, señor Cullen. Va usted a ser padre.
A su alrededor, Bella comenzó a oír un suave murmullo de voces.
Sintió que alguien, tal vez la enfermera, le pasaba un trapo fresco por la frente. Olía el suave aroma de la lluvia y del algodón de las sábanas que la cubrían, pero mantuvo los ojos cerrados.
No quería despertarse. No quería abandonar la oscura paz del sueño, la calidez que le proporcionaban sueños que apenas recordaba y que aún la acunaban entre sus brazos. No quería regresar al vacío de una existencia de la que no tenía recuerdo alguno. No había identidad. Nada a lo que aferrarse. Aquel vacío era mucho peor que cualquier dolor.
Tres horas atrás, el médico le había dicho que estaba embarazada.
No podía recordar el hecho de haber concebido aquel hijo. Ni siquiera recordaba el rostro del padre de su hijo, aunque lo conocería aquel mismo día. Él llegaría en cualquier instante.
Se cubrió la cabeza con la almohada y apretó los ojos con fuerza. Se sentía atenazada por los nervios y el temor de encontrarse con él por primera vez, con el padre de su hijo.
¿Qué clase de hombre sería?
Oyó que la puerta se cerraba y se abría. Contuvo el aliento.
Entonces, alguien se sentó sobre la cama a su lado, haciendo que se inclinara hacia él sobre el colchón. Unos fuertes brazos la rodearon de repente. Sintió la calidez del cuerpo de un hombre y aspiró el masculino aroma de su colonia.
—Bella estoy aquí —susurró una voz profunda y baja, con un exótico acento que no era capaz de identificar—. He venido a buscarte…
Una profunda excitación la recorrió de la cabeza a los pies. Respiró profundamente y apartó la almohada. Él estaba tan cerca de ella, que lo primero que vio fueron sus pómulos marcados. La oscura barba que había empezado a nacerle en la fuerte mandíbula. El color Pálido de su piel. Entonces, cuando él se apartó de su lado, vio su rostro entero.
Era, sencillamente, arrebatador.
¿Cómo era posible que un hombre fuera a la vez tan masculino y tan hermoso? Su cabello negro le rozaba suavemente la piel. Tenía el rostro de un ángel. De un guerrero. La recta nariz se le había roto, al menos, en una ocasión, a juzgar por la pequeña imperfección de su perfil.
Tenía una boca de labios carnosos y sensuales, con un gesto que revelaba una cierta arrogancia y, tal vez… crueldad.
Los ojos que la contemplaban eran tan verdes como un par de esmeraldas. Bajo aquellas verdes profundidades, le pareció ver durante un instante el fuego del odio, como si deseara que ella estuviera muerta.
Entonces, Bella parpadeó y, de repente, vio que él le sonreía con un tierno gesto de preocupación. Debía de haberse imaginado ese sentimiento tan desagradable. No era de extrañar, teniendo en cuenta lo desconcertada que se encontraba desde el accidente, un accidente que ni siquiera era capaz de recordar.
— Bella —susurró él mientras le acariciaba suavemente la mejilla—, pensé que no te iba a encontrar nunca.
El roce de sus dedos le prendía fuego a la piel. Se sentía ardiendo desde el rostro hasta los senos. Los pezones se le irguieron al tiempo que el vientre se le tensaba de un modo extraño. Respiró profundamente y examinó su rostro. Casi no podía creer lo que veían sus ojos.
¿Aquel… aquel hombre era su amante? No se parecía nada a lo que ella hubiera esperado.
Cuando el doctor Black le dijo que su novio estaba de camino de Australia, se había imaginado un hombre de aspecto amable, cariñoso y con sentido del humor. Un hombre sencillo, con el que pudiera compartir sus problemas mientras fregaban los platos juntos al final de un largo día. Se había imaginado una pareja. Un igual.
Nunca se habría imaginado un dios griego como el que tenía ante sus ojos, de hermosura cruel, masculino y tan poderoso que, sin duda, podría partirle el corazón en dos con tan sólo una mirada.
—¿Es que no te alegras de verme?—le preguntó él en voz baja.
Ella le miró el rostro y contuvo el aliento. No tenía ningún recuerdo de aquel hombre, ni de la dureza de sus rasgos ni de aquellos labios tan sensuales. No tenía recuerdo alguno de las intimidades propias de los amantes. ¡Nada!
Él la ayudó a levantarse Bella se lamió los labios nerviosamente.
—Tú eres… Tú debes de ser… EDWARD CULLEN… —susurró, esperando que él lo negara. Esperando que su novio de verdad, el del aspecto tierno y amable, entrara en aquel momento por la puerta.
—Veo que me reconoces…
—No. Dos de tus empleados… y el médico… me dijeron tu nombre. Me dijeron que venías de camino.
Él la miró, escrutándole el rostro.
—El doctor Black me dijo que tienes amnesia. No me lo creí, pero es cierto, ¿verdad? No te acuerdas de mí.
—Lo siento —dijo ella, frotándose la frente—. No hago más que intentarlo, pero lo primero que recuerdo es a tu empleado, McCarty, sacándome de mi coche. ¡Menos mal que iba en su coche detrás de mí!
—Sí, fue una suerte —dijo él—. Te van a dar el alta hoy mismo.
—¿Hoy? —Ahora mismo.
—Pero… ¡pero si sigo sin recordar nada! Esperaba que cuando te viera…
—¿Esperabas que el hecho de verme te devolviera la memoria?
Bella asintió. No había razón para sentirse desilusionada o hacer que él se sintiera peor aún de lo que ya debía sentirse. Sin embargo, no pudo evitar el nudo que se le hizo en la garganta. Efectivamente, había contado con el hecho de que, cuando viera el rostro del hombre al que amaba, el hombre que la amaba a ella, su amnesia terminaría.
A menos que no se amaran. A menos que se hubiera quedado embarazada de un hombre que era poco más que una aventura de una noche.
—Estoy segura de que debes de sentirte tan herido… —dijo ella, tratando de apartar el repentino temor que se apoderó de ella—. Me imagino cómo te debes de sentir al amar a alguien que ni siquiera se acuerda de ti.
«¿Me amas?», pensó desesperadamente, tratando de leer su rostro.
«¿Te amo yo a ti?».
—Shh, no importa —susurró él. Bajó la cabeza y la besó tiernamente en la frente. La calidez de su cercanía resultaba tan agradable como el sol de verano en un día de otoño—. No te preocupes, . Bella Con el tiempo, lo recordarás todo…
Al mirarlo de nuevo al rostro, Bella se dio cuenta de que la primera impresión que había tenido de él había sido completamente errónea. No era un hombre cruel. Era amable. ¿Cómo si no se podía explicar el hecho de que se mostrara tan paciente y tan cariñoso con ella a pesar del dolor que debía de estar experimentando?
Respiró profundamente. Sería tan valiente como él lo era. Apartó las sábanas.
—Me vestiré para que podamos marcharnos.
—Espera un momento. Hay algo de lo que debemos hablar.
Bella supo inmediatamente a qué se refería. Se sentía tan vulnerable tan sólo con el camisón del hospital que volvió a cubrirse con las sábanas.
—Te lo ha dicho, ¿verdad?
—Sí.
—¿Estás contento con la noticia? —preguntó, con voz temblorosa.
Bella contuvo el aliento al ver cómo él la miraba. Cuando por fin habló, tenía la voz cargada con una emoción que ella no supo reconocer.
—Me sorprendió.
—Entonces, ¿el bebé no fue algo que planeáramos?
Él se retorció las manos y la miró.
—Nunca antes te había visto así —musitó, acariciándole el rostro con una ardiente mirada—. Sin maquillaje, sin arreglar…
—Estoy segura de que tengo un aspecto terrible…
Sin embargo, él la estrechó entre sus brazos y la miró, haciéndola temblar de nuevo.
—¿Estás contento por lo del bebé?
—Voy a cuidarte muy bien.
¿Por qué no respondía?
—No tienes por qué preocuparte. No soy una inválida. Espero que la amnesia desaparezca dentro de un par de días. El doctor Black me ha hablado de un especialista…
—No necesitas otro médico —afirmó él—. Sólo tienes que venir a casa conmigo.
La estrechó con fuerza contra su pecho. Se Bella intió tan segura, tan amada, que, por primera vez desde el accidente, creyó que había encontrado su lugar en el mundo. Al lado de él.
Talos le besó suavemente el cabello. Ella sintió la caricia de su aliento y se echó a temblar.
¿La amaba?
Le acarició suavemente la mandíbula. Notó la barba que había visto anteriormente. Su ropa estaba impecablemente planchada, lo que sugería que se había cambiado de ropa sin molestarse en afeitarse.
Había acudido corriendo desde Australia. Se había pasado toda la noche en un avión.
¿Significaba eso amor?
—¿Por qué no viniste para asistir al funeral de mi padrastro?
—Estaba ocupado en Sidney adquiriendo una nueva empresa. Créeme. Nunca habría querido estar lejos de ti tanto tiempo.
Bella sentía que había algo que él no le había dicho. ¿O acaso era consecuencia de su propia confusión? No podía estar segura.
—Pero, ¿por qué…?
—Eres tan hermosa, Bella . Temí que jamás volvería a verte…
—¿Te refieres a lo del accidente? ¿Estabas preocupado por mí? ¿Por qué nos amamos?
Él apretó la mandíbula.
—Eras virgen cuando te seduje, Bella. Nunca antes habías estado con un hombre antes de que yo te llevara a mi cama hace tres meses.
Bella se sintió aliviada. Descubrir que estaba embarazada había sido un shock. Se había preguntado por qué no estaba casada. Pero si Talos había sido su único amante, si era virgen a la edad de veinticinco años, eso decía algo sobre su personalidad.
A pesar de todo, seguía sin estar segura de si había amor entre ellos.
Sentía que había algo que él no le decía. Algo oculto bajo sus palabras.
Sin embargo, antes de que pudiera comprender lo que su intuición le estaba diciendo. Talos le agarró las manos y tiró de ella.
—Prepárate para marcharte —dijo él. Volvió a besarla en la sien y le acarició los brazos desnudos—. Quiero llevarte a casa.
Al sentir aquella caricia, la respiración se le aceleró. Una oleada de sensaciones le recorrió todo el cuerpo, despertando de nuevo su sensualidad. Trató de recordar qué era lo que le preocupaba, pero le resultó imposible.
—Está bien —susurró ella.
Con un gesto muy galante, él la ayudó a levantarse de la cama.
Entonces, Bella pudo comprobar que era mucho más alto que ella, mucho más poderoso. Además de alto, era musculoso. Al mirarlo, a Bella se le olvidó todo a excepción de su propio anhelo, el deseo y la fascinación que sentía por el misterioso ángel que estaba a su lado.
—Siento haber tardado tanto en llegar a tu lado, Bella, pero ya estoy aquí —dijo. Le besó la cabeza suavemente, estrechándola de nuevo con fuerza entre sus brazos—. Te aseguro que nunca te voy a dejar escapar.
Una pasión en el olvido

Esto es una adaptación, ni los personajes ni la trama me pertenecen. Los personajes son de Stephenie Meyer y la trama es de Jennie Lucas . Yo solo juego con ellos.
La bella Isabella Vulturi cayó bajo el influjo del poderoso Edward Cullen en un tórrido encuentro en Seattle. Tres meses después de que perdiera con él su inocencia, perdió también la memoria...
Bella consiguió despertar el deseo y la ira de Edward a partes iguales. Bella lo había traicionado. ¿Qué mejor modo de castigar a la mujer que estuvo a punto de arruinarlo que casarse con ella para destruirla? Entonces, Edward descubrió que Bella estaba esperando un hijo suyo...
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